lu millet's writing archive__working with text__between theory and poetry__a collection of published works, collaborations, scripts, and more.
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The Invisible Listener
A poem in three acts, written over two years of dialogue around Esther Merinero's work. The first two acts were written for the finissage of her solo show, Heart Keeper, at Pradiauto Madrid (January, 2023). The final act—an interlude—was written for Catch A Rainbow While You Can, the publication accompanying her solo show at Can Felipa Barcelona (January, 2024). Together with Iñigo Villafranca and Esther Merinero. Designed by Clara Pessanha. Published: September, 2024. Languages: Spanish/English/Catalan. Digital copy upon request.
References:
La extracción de la piedra de la locura. Otros poemas. Alejandra Pizarnik. Colección Visor Poesía. 2007.
Introductory Notes on an Ecology of Practices. Isabelle Stengers. Cultural Studies Review. 11(1). 2005.
Iridescence, Intimacies. Tavi Meraud. e-flux journal. Issue #61. 2015.
Nueva Ilustración Radical. Repensando el Arte de los Límites. Teresa Gras Guisado. Revista Forma. 17. 2018.
Material Histories. Ann Brower Stahl. En The Oxford Handbook of Material Culture Studies. Oxford University Press. 2010.
La Risa de la Medusa. Ensayos Sobre la Escritura. Hélène Cixous. Editorial Anthropos. 1995.
I’m Very Into You: Correspondence 1995-1996. Kathy Acker; McKenzie Wark. Semiotext(e). 2015.
Debbie: An Epic. Lisa Roberson. New Star Books. 1997.
I-Ching. El Libro de las Mutaciones. Richard Wilhelm. Edhasa. 2002.
Close to the Knives. A Memoir of Disintegration. David Wojnarowicz. Serpent’s Tail. 1992.
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Un rosario
As part of the publication Fina Hoja de Metal by Javi Cruz, together with Javi Cruz, Lorenzo García-Andrade, Perla Zúñiga, Olivia Rico, and Javier Martín-Jiménez. Designed by Louana Gentner. Published: April, 2024. Language: Spanish.

Owing to lack of interest, tomorrow has been cancelled. You are now in the strawberry beds of the eternal present. (...) Ours are the golden pavilions of today. Derek Jarman, Through the Billboard Promised Land Without Ever Stopping (1971)
Un rosario cuelga del retrovisor de una Citroën C15 en algún punto de la ciudad. Pequeñas lunas de latón se rozan a lo largo de una antigua cadena de plata. Empezaron a sonar hace un rato. Desde aquí las oigo agitarse, superponerse, chocar. A través de gestos rápidos que me permiten visualizarlas aunque no pueda observarlas directamente. No ahora mismo, ahora no veo nada. Pero estoy escuchando atentamente. Intentando sintonizar la frecuencia en la que estas esferas metálicas negocian su proceso de contaminación. La inercia que las une genera una vibración que no logro ubicar. Quizás reside en sus propios componentes, la plata y el latón, cuyas moléculas se agitan excitadas unas encima de otras. Quizás proviene de un reflejo, de la dosis de aluminio que están recibiendo las brácteas de las flores un poco más allá. Casi imperceptible, un temblor frágil cuya procedencia tampoco registro se amplifica en el interior de la furgoneta. Y cada pocos segundos las lunas orbitan involuntariamente, más allá de su trayectoria interna. Esta intermitencia viene a hablar un poco de lo mismo: no es posible congelar la experiencia, aunque existen patrones en la manera en la que ciertos elementos entran en contacto una y otra vez. Una especie de continuidad discontinua que hace que el titileo distante de estos cuerpos informe mi manera de navegar el —ya de por sí saturado— ritmo urbano. Qué viene antes, el movimiento de las lunas o mi tendencia particular a estar siempre en otro sitio, no lo sé.
Esta furgoneta es un icono cultural, un signo dentro de un imaginario que aún se expande por las afueras de la ciudad. Es a la vez un relicario familiar; un ejercicio de reconocimiento o una manera de generar sentido a través de la historia propia. No tengo claro dónde está aparcada ahora mismo. Hasta donde sé, lleva meses transformándose en color de flor. Una transmutación que da cuenta del devenir de aquellas corrientes afectivas en las que diferentes sustancias y recuerdos se mezclan, a veces aleatoriamente. Congestionando el tiempo y el espacio. Antes, se metían clavos de hierro en las macetas. Ahora, trozos de chapa extraídos de su carrocería alteran la acidez de la tierra en la que crecen las hortensias, rosándolas. Se pueden decir muchas cosas sobre un objeto que se transforma en otra cosa. Cuando empecé a esbozar este texto quería hablar de la muerte: de toda su densidad simbólica o del sentimiento intransferible de pérdida que acompaña cualquier proceso de mutación —que, en el fondo, es siempre un proceso de decadencia. De cómo esta pieza tiene algo de duelo anticipado. O de cómo el propio ejercicio estético es una manera de abandonarse, de convertir sensaciones informes en experiencias sensibles, que se vuelven comunicables al desbordar los límites de lo personal. Pero no dejo de escuchar el choque desordenado de las pequeñas estrellas. Y no soy capaz de concentrarme en una sola cosa. ¿Cómo podría alcanzar un estado de contención mental cuando me enfrento a unos materiales que no paran de moverse?
El pensamiento se descentraliza. Continuamente. Como lo hace todo aquello que circula cada día en y entre nosotres. No es posible habitar una misma reflexión durante mucho tiempo. Existen cierres narrativos o certezas provisionales —esa forma recurrente de ubicarnos en un espacio o esa inclinación inconsciente a cartografiar lo que está ocurriendo. Estrategias que nos ayudan a navegar la ubicuidad del presente y que a veces se coagulan hasta formar hábitos aparentemente estables. Pero este tipo de conclusiones son, hasta cierto punto, performativas. Asumir el saber, la agencia o la materia como estructuras fijas continúa siendo problemático. Los relatos a través de los que nos reconocemos y reconocemos nuestro entorno se deshacen según empezamos a observarlos detenidamente. Este sonido parpadeante se filtra tanto en el flujo de mis pensamientos como en el líquido de riego. Conectando, de manera indirecta, la furgoneta con las flores. Múltiples contagios a pequeña escala generan una atmósfera ruidosa en la que cada secuencia se distrae, se diversifica. Parece que la dispersión no es un lugar en el que estemos soles.
Hace un rato llegué al cementerio de la Almudena para observar la transformación específica del cuerpo humano en color de cielo de la que me hablaba Javi a principios de diciembre. La idea era entender cómo, siguiendo esta lógica, unafurgoneta puede llegar a convertirse en flor. Yo quería escribir sobre la pérdida —de una forma, de un vínculo o de una persona querida. Sobre cómo en lo que se ausenta se da un tipo de intimi- dad específica. Pero lo que me mantiene atentees la temporalidad de lo transitorio. El tintineo metálico que me ha acompañado hasta ahora se está amortiguando poco a poco. Quizás el rosario ya no cuelga del retrovisor o ya no se ve afectado por los mismos temblores esporádicos. Quizás está dando vueltas en un bolsillo, de camino a cambiar de manos. Me pregunto si en el discurrir de estos tránsitos, de todos estos entierros imaginarios, podríamos apropiarnos de un estado sostenible. Si es posible entrenar este tiempo sin forma no como una idea, sino como una práctica o incluso como una metodología. Sin tratar de idealizar la presencia, ese platónico estar "aquí, aquí totalmente". Porque el momento en sí ya se ha quebrado, ahora es otro. Todavía familiar pero ligeramente extraño. Repleto de señales amontonadas, de información cruzada, de lunas plateándose. La escucha no es un registro exacto, es una entrega a la parcialidad de cada registro.
Aunque siento un rechazo casi físico hacia esa idea del futuro como algo más -una expectativa que nunca se cumple o la posibilidad de una vida que no logra materializarse-, no puedo evitar vivir siempre ligeramente hacia delante. Como el aluminio y el hierro deslizándose a través de los tubos de plástico. Hay algo que me hace avanzar, a pesar de que ya no hablemos en términos de avance. Un deseo por volver al mismo sitio desde un lugar distinto. Todas las capas que componen este circuito no terminan de cerrarse. Y todos esos futuros que imaginamos ya están ocurriendo en el presente.
Referencias:
Lovebug. Daisy Lafarge, 2023
Radical Intimacy. Sophie K. Rosa, 2023.
Lo que me trabaja. Anna Manubens, 2014.
La expectativa cruel. Remedios Zafra. 2019.
La perspectiva atmosférica. Javi Cruz, 2013.
It Had Something to do With the Telling of Time. Annee Grøtte Viken, 2015.
Through The Billboard Promised Land Without Ever Stopping. Derek Jarman, 1971.
Utopía Queer. El entonces y allí de la futuridad antinormativa. José Esteban Muñoz, 2020.
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Old Habit Theater
Exhibition text for Old Habit Theater, a solo show by Joeun Kim Aatchim at Galería Travesía Cuatro (Guadalajara). Published: February, 2024. Language: English/Spanish.

Joeun Kim 'Aatchim', Old Habit Theater, installation view. Travesía Cuatro GDL, Guadalajara, MX. 2024.
We know that vision has historically been the privileged human sense. From Renaissance perspective to contemporary hyper-visibility, there seems to be a general agreement on the idea of the visible as a kind of established knowledge—based on the assumption that it offers a plausible portrait of the [Western] world. The fire of the gaze burns perception into that which hides behind our desire for recognition; there is always a need for understanding beneath representation. In this sense, discourse and image-making share familiar mechanisms: both help us navigate our inner and outer realities, allowing us to place ourselves in a physical—but also emotional—space we can relate to. But it's not that simple. An image is not just an image, just as words are not just words. And this becomes particularly evident when we are facing multilayered compositions that seem to challenge our linear way of seeing—and in doing so, our absolute sense of history and memory.
The drawings of Joeun Kim Aatchim [South Korea, 1989] feature characters extracted from lived, old tales. A blurred combination of familiar and imaginary memories generates ambiguous scenes in which the very idea of memory is questioned. These sketch-like pieces speak of questions that perhaps could not be answered at the time, but are now finding ways to make sense. Certain elements are repeated within individual works and across the series, revealing the continuous nature of any searching process. Here, reminiscence feels elusive; something is missing. Fantasy fills the gaps of what was—and still is—impossible to hold together. Re-framing memory can be understood as a political act, focusing on the small, often overlooked details of personal experience. But it's not just about the ability to tell one’s own story. Although re-signifying a personal narrative may lead us to redefine our present position, working between its firmness and looseness gives us the opportunity to choose what we want to believe—or to acknowledge what we have yet to mourn.
Old Habit Theater is the title of an ongoing series of drawings that gather moments from Kim’s childhood in South Korea, transformed into delicate charms composed of ink, charcoal, silk, paper, mineral pigments, and ornamental elements that seem to carry secret biographies of their own. Her work revisits Korean silk painting tradition through a methodology that weaves together form and meaning, technique and storytelling. Aligned with her writing practice—in which language is treated as a malleable material—these drawings become tools for exploring the fragmentary spaces left by the absence of factual knowledge about specific events. The idea of the draft is central to her work: each drawing contains earlier versions of itself generating, in the artist’s words, a theater where every character can rehearse again and again, unapologetically. The accumulation of traces reveals a kind of structure—but only to emphasize its fragility. Motion takes over, as lines split and shift through different holding gestures that seem to be healing a broken domestic story. These expressions are not accidental: some figures hold what others cannot, distributing care as a way to overcome old feelings of regret. They also shift roles as the story unfolds. Each figure—like each layer of every drawing—contains a multiplicity of visions and memories that now melt into one another, borders erased.
In 2016 Kim wrote:
My inability to finish writing, my extraordinary ability to continue writing
It is the impossibility of reaching a final form that keeps every work in process. And it is the inherent continuity of every process that makes things always different. In this sense, neither images nor language can be considered stable media—even though they have historically been treated as keepers of truth. Beyond any visual paradigm, the power of imagination shows us that perception, like memory, can only be traced to some extent. Perhaps that is why truth is ever partial—or something we are still searching for. And why writing, or drawing, can always become something else.
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Quisiera levantarme y encontrar todo en su sitio más tarde
Exhibition text for Objetos Sensibles, a solo show by painter Simón Sepúlveda at Galería Isabel Crotaxxo (Santiago de Chile). Published: January 2024. Language: Spanish.
References:
Time Lived Without Its Flow. Denise Riley, 2012.
Love and Money. Sex and Death. A Memoir. McKenzie Wark, 2023.
Hesitation. A lecture by Anne Carson at Museo del Prado. 2023.
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Keep, keep bleeding love
Exhibition text composed of three love letters for Martina Quesada’s solo show at Espacio Cala (Madrid). Reading and publication: September, 2024. Language: Spanish.
Primera carta: el amor
Querida Martina,
Hoy no tengo cuerpo ni memoria donde quedarme. Estos últimos meses me han sacado de mí. Intento escribir sobre algo que se me escapa, porque atraviesa la vida, y las promesas de vida directamente. Todas esas proyecciones esbozadas cuidadosamente a lo largo del tiempo chocan con una experiencia que desborda todo aquello que podríamos llegar a pensar estéticamente ~aunque la estética se cruce siempre con la vida, en realidad. No es lo mismo escribir sobre amor en un momento que en otro. Las perspectivas cambian, con los afectos que les acompañan. Después de años investigando sobre el tema, mis sensaciones e ideas al respecto se han contradicho muchas veces. Como si el deseo no pudiera ser nunca una sola cosa. Lo que tienen en común el deseo y el afecto es que se escurren, porque se mueven. Pero mientras que el afecto se relaciona con la propia capacidad de relación, o con un espacio intermedio, vinculante, hay algo del primero ~del deseo~ que aún evoca imágenes a las que hemos aspirado históricamente. Simulacros que nos mantienen apegadxs no solo a eso que no existe, sino a eso que nunca es, o fue, como podría haber sido. Últimamente he observado cómo mis propias aspiraciones amorosas ~incluso las más fluidas, las más abstractas~ se han visto perturbadas de alguna manera por cierto ideal amoroso. Un ideal cambiante, que se actualiza con el tiempo, quizás. Puede que el problema esté justamente en esa tendencia aspiracional que convierte cualquier vínculo en un proyecto más que en una práctica. A veces no puedo evitar preguntarme si esta idea de proyecto es algo intrínseco al amor, al menos tal y como ha sido concebido normativamente. O incluso inseparable de ese nuevo amor, ese que no puede desligarse del todo del resto de nuestras inercias contemporáneas. Supongo que no tiene sentido negar la manera en que una narrativa dominante se inscribe en el inconsciente colectivo, o cómo parte de nuestro deseo tiene que ver con determinadas dinámicas de poder.
Recuerdo nuestra conversación unos meses atrás. Palabras como deuda, demanda e inversión resuenan en mi cabeza. Hablábamos de la entrega afectiva que supone vincularse ~de todo eso que se da y de lo que ese dar implica en nuestro día a día. Si lo piensas, esas palabras son herencia de un vocabulario económico, que ordena los afectos en términos de emotional management. Creo que la tendencia a entender lo emocional como algo manejable evidencia la manera en que todo lo que hacemos se ha vuelto productivo. Tampoco es que quiera romantizar esos estadios amorosos en los que todo se desmorona por todas partes, pero hay algo de la gestión afectiva que me remite a la manera en que producimos sentido hoy en día. Rápida y eficazmente. Esquivando los espacios ambiguos, las dudas; el tiempo para duelar. Pero por mucho que formen parte de nuestros sistemas de producción, las experiencias amorosas de deuda y demanda trascienden a lxs cuerpxs. Se sienten, se somatizan. Nos duelen. Quizás esté pensando en voz alta, quizás sea necesario recapitular y analizar, entonces, por qué producimos como producimos.
Te escribiré pronto.
xxx
Segunda carta: el amor al trabajo
Querida Martina,
He estado haciendo tanto que no logro ubicar bien dónde están los límites entre lo personal y el trabajo. Ya no sé cuánto de lo que hago es mío, o cuánto hay de mí en todas las cosas que hago a lo largo del día. Hace unas semanas te decía que la manera en que, por sistema, nos apegamos unxs a otrxs, me recuerda a las formas de trabajo contemporáneas. Aunque quizás esto suene algo genérico, necesito intentar entender los síntomas colectivos que veo emerger en mi contexto cercano. Si miro a mi alrededor, me doy cuenta de que una de las cuestiones más urgentes a las que nos enfrentamos en este momento es la precariedad. Se trata de una dolencia sistémica, que va más allá de un sistema de financiación bien establecido: tiene que ver con la forma en que vivimos nuestras vidas o mejor dicho, con la imposibilidad de imaginar condiciones de vida diferentes. Se trataría entonces de una precariedad afectiva a gran escala que estructura este escenario sin límites que habitamos. Cuando además nos dedicamos a profesiones creativas, las condiciones que navegamos son ya tan complejas que aspirar a trazar líneas definidas entre lo privado y lo profesional resulta incluso ingenuo. Si ahora miro atrás, lo personal es una dimensión política que viene reclamando su lugar en el espacio público desde hace décadas. Es también el motor de la práctica artística en términos generales, pues la alquimia del proceso creativo necesita siempre de una opinión sesgada o de un ojo que observa. Pero, si todo es productivo, y todo es producido bajo este régimen de escasez emocional del que te hablaba ¿qué significa, entonces, amar nuestro trabajo? ¿O hacer de lo personal nuestro objeto de estudio?
Desde hace tiempo, cada día cuando termina mi jornada laboral trato de escribir un rato. A veces consigo hacerlo, me quedo despiertx hasta tarde aprovechando el silencio de la noche y esa lucidez extraña que trae consigo la falta de sueño. Esas noches que duermo poco, a la mañana siguiente tengo una especie de resaca lingüística que me hace empezar el día despacio. No puedo sostener mucho este hábito en el tiempo, pues mi cuerpo se resiste a seguir funcionando después de haber sobrepasado sus capacidades ya varias veces. Otras noches, cuando llego a casa después de trabajar ~para seguir trabajando~, estoy demasiado cansadx como para pensar claramente; las palabras se me amontonan delante de los ojos sin ningún sentido. Hasta hace poco sentía que tenía un acceso bastante directo a las palabras. Me refiero a que acostumbraba a poder usarlas siempre que quería. Estaban ahí, esperándome; listas para articular mis pensamientos. Pero sostener una práctica ~de cualquier tipo~ cuando además trabajas cuarenta horas a la semana, se vuelve un deseo difícil, extenuante. Sin embargo, si no estoy con él, no puedo dejar de pensar en él, ¿te pasa? Cuando por fin tengo tiempo libre y me obligo a no hacer nada productivo, rápidamente me toma por dentro cierta inquietud palpitante, como si tuviera que estar haciendo otra cosa. Creo que el amor por un hacer es inseparable de ciertas tendencias relacionales ~discúlpame porque odio esta palabra~ tóxicas. Me pregunto qué viene antes. Y a la vez, me doy cuenta de que este amor es un espacio de esperanza para muchxs de nosotrxs: sin nuestras prácticas no podríamos imaginar esos mundos que, a priori, no parecen imaginables. No sé qué se hace con una contradicción de este tipo...
Espero que estés bien, que no estés trabajando mucho.
xxx

Autograph letter signed "Simone Weil". New York, 1942.
Tercera carta: el amor después del trabajo
Querida Martina,
Estos días he estado revisando archivos antiguos tratando de encontrar formas de pensar el amor no como deuda sino como posibilidad. O más que como una cosa o la otra, como ambas cosas a la vez. Durante esta búsqueda, me he encontrado con varios textos que podrían ayudarnos a entender este escenario inherentemente contradictorio en el que nos encontramos. En una de nuestras reuniones me contaste que esta es la primera muestra en la que partes directamente de una cuestión íntima, de algo tuyo. Ya entonces me pareció que los materiales que tenías entre manos no proponían una imagen estable de lo amoroso, sino que se mantenían, justamente, en esta ambivalencia. Los márgenes de todo esto se han vuelto difusos, pero algo de lo que nos ocurre parece claro: ante la imposibilidad de separar lo personal y lo profesional, el tiempo libre y el tiempo productivo, todo es trabajo. Y si todo es trabajo, supongo que el amor también lo es. Ahora que llevas ya tiempo investigando esto, sumergida en esta paradoja, me pregunto si es tu propia atención sostenida lo que ha puesto en crisis cualquier idea preestablecida que pudieras tener antes de empezar este proceso. Y si en un hacer~haciendo así es posible encontrar respuestas temporales a tus preguntas. Esas que a pesar de ser privadas parece que compartimos.
Empecé releyendo a Roland Barthes. A lo largo de sus Fragmentos de un discurso amoroso, una serie de estados alterados ~que a veces parecen sueños delirantes y otras son simplemente lugares comunes~ se despliegan, generando núcleos de sentido que rápidamente discuten entre ellos. Aunque sus divagaciones se han quedado casi obsoletas, a raíz de ellas me acordé de un texto de Victoria Pérez Royo en el que parte de Barthes para analizar la dimensión amorosa de la investigación artística (About Research in the Arts: a lover’s discourse). En este, aparece una figura llamada “gasto”, a través de la cual la autora sostiene que el conocimiento surge del convivir con los materiales, más allá de su valor final o útil. Esta orientación procesual de la práctica amorosa, sea cual sea, podría ser un punto de partida para re-significar la sensación de entrega desmedida de la que venimos hablando. Si el amor emerge en el propio acto de amar, nuestras proyecciones previas se desestabilizarían necesariamente cada vez que amamos ~como cada vez que nos ponemos a trabajar. Estaríamos entonces tratando con algo siempre distinto, que sólo podríamos gestionar en su especificidad. Pero, aún asumiendo esta metodología, ¿es realmente posible habitar la contradicción desde un lugar amable o generativo? No necesariamente doloroso o productivo, quiero decir.
Hoy es el aniversario de la muerte de Simon Weil. Esta mañana he rescatado una antología suya en la que hay un capítulo dedicado a lo contradictorio (Simon Weil: An Anthology). En este podemos leer: the contradictions the mind comes up against ~these are the only realities: they are the criterion of the real. (...) Contradiction is the test of necessity. Como ves, según Weil la coherencia es ilusoria, y es la propia contradicción lo que habilita cierta sensación de realidad en nuestras vidas y en nuestras prácticas. Me pregunto cómo sería un amor despegado de todo lo que conlleva nuestra búsqueda obstinada de sentido. O un hacer que se pierde, que no responde ante un deadline, un formato único o un criterio razonado. Puede que estas palabras sean un poco eso... En cualquier caso, me resulta muy difícil contener o cerrar estos pensamientos. Seguimos en Madrid, ¿te parece?
xxx
References:
Frágiles. Cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura. Remedios Zafra, 2021.
A Lover's Discourse. Roland Barthes. 1977.
About Research in the Arts: a lover’s discourse. Victoria Pérez Royo. 2015.
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I swim in darkness, baby...
Lecture performed in January 2025 at Los Angeles (Barcelona), as part of the event Casi Ángeles. Text written for the release of St. France's first album: There's Room for Everything. Language: English.
There’s a fear of being material. Worldly. Part of an unreachable exteriority. Even though I’m devoted to it. A fear of myself. My living condition. The incoherence of subjectivity, displayed from a broader resistance against objectivity. I mourn. And my mourning becomes a child’s song. I sing it as an offering. To the fracture of that which bound me to my limited horizon. The world. Whatever that outdated word means. Or avoids. But, what world? Cannot be a neutral vessel anymore. All these crossroads dislocate the fantasy of a perfectly coordinated existence. No. Must be made up of contradictory elements. Both internally and towards each other. So, what does materiality mean? There is flesh, flesh for sure. The flow of warm, substantial blood. Where emotions meet tissues. Becoming ductile, affective. Altogether. Fluid movement crystalized into actions. Transitory gestures which find their own end. Expired intentions. Can I accept this kind of dissidence? The heresy of dissolution? It’s not about the body. Not anymore. There are many manifestations of fleshy surfaces. It’s about corporealities. Transmutable entities. Liquid insides indicate this mismatched dialogue(1). The impossibility of an absolute form. A denial. A rejection of the urge to name. Craving for the place which, at some point, was pointed out as the right place. The anxious attachment that has installed suspicion in the core of my soul. Sad, sticky soul. I accept flesh. Not as a site, as a threshold. But what of the thick tar that floods within. Dripping from the edges of my ribs. Coloring my nails. Making my hair grow differently than it used to be. Poisoning the static shape, the comfort of recognition. Dichotomy. Taxonomies drain magic. But magic is elusive. Ghostly placed in every single object that remains there. Occupying space. Generating space. Silently. Through whatever gives me the ability to love, and thus to recognize myself. Loving someone ~someones, or something~ else as oneself implies, in return, loving oneself as something foreign(2). Strange and formless. Even disturbing.

The realm of latency is imprinted in my being the same way language is. But there’s still despair. So I keep singing. Looking for a sound that can lead me to an outer vulnerability. I navigate my breathing and it widens. Exceeding my limbs. My boundaries. Those I defined ~by repetition~ over time. Although they have always been growing. Unsynchronized. Like a kid in their teens. Above their actual capacities. Wanting more. Expecting more. Even demanding more. Insatiable, delusional. My breath is a hallway. A corridor of desire. Turning into a calling. A reflection. An echo of what used to feel mine. Genuine. In a way I don’t really get. Unstable signs I cannot track. Not even now that they finally seem to have settled. Producing whatever separates me from you. Whatever you look at me for. I can’t find the moment where this flicker was born. There’s no isolated perspective from which to observe it from a d i s t a n c e. That educated heritage. Stubborn, obsolete one. Still attached to its discursive point. Cruel by imitation. By concern, or maybe shyness. But cruel at the end of the day. Fighting this whole setting hurt too much. So I decided to bless everything. The noble, also the pain. The mundane. Everyday trouble. Darkness. A familiar presence manifests itself here. Often. Taking hold of my conscience. Pulling at it. As if it didn't have enough space. Contracted by the physical scale that has been given. Which is not my fault, by the way. It doesn't belong to me either. This eerie beating has become a habit. A corrupted method to which I return, systematically. Because there’s also a fear of immateriality. Inscrutable land of possibilities. Only signified by practicing. Uncanny this space we share. The doing. We can trust intuition yet we cannot follow it. And in a city of flagrant infatuations, the beloved has vanished. Dusty. We feel damaged. We are finally damaged! For the better. So the song becomes a lullaby. That I can hum to myself. An ongoing voice-over. Ever collapsed. Decadent. But whose vibrations are holding me together. Licking my internal cavities. Gluing them. Up to a transitory wholeness. Fragility encourages the commons. Distributes miseries. Through its forces I can experience some kind of collectivity. Sensitive infrastructures. Powers of governance. What was called radical softness. But, isn’t it a privilege? One needs to feel safe in order to enjoy it. Or even to tolerate it(3). Leading to a fractal, cultural hierarchy. Not everyone has room to feel vulnerable. I myself need time to cultivate my feelings. Even those that are already happening. Or have happened. Feeding this third persona. This affective substance. I just don’t have it. The time. I can’t keep it. Nor can I glimpse others'. And there’s always a chance of putting my affects to work in a way that will consume them. Sooner or later. So I don’t want to affirm anything. I just claim my right to weakness. To disappointment. The experience of discontinuation. As simple as a heart~broken.Extenuated. And gathered again. In a prayer.
References:
(1)Death Knoll Tourniquet. Cassandra Troyan. 2013
(2)El amor. Simone Weil. Hermida Editores. 2023.
(3)On vulnerability. McKenzie Wark. Spike Magazine 20. 2022.
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La responsabilidad como forma de poder

nada bien, 2023.
Article published in April, 2024 at El Salto. Language: Spanish. Link.
Llevamos más de seis meses presenciando el brutal intento de silenciamiento de un pueblo que lleva siendo asediado desde hace décadas. Llevamos más de seis meses viendo morir o desplazarse forzosamente a miles de personas ante nuestros ojos. Estamos siendo testigues del continuo proyecto de extenuación ejercido por el estado de Israel sobre el pueblo palestino; del presente de una historia de desposesión inscrita en la memoria colectiva de varias generaciones.
La gran mayoría de las personas que han sido asesinadas en Gaza, nacieron ya bajo una narrativa colonial que con los años ha ido estrechando su horizonte político. En términos hegemónicos. Se trata de un sistema de apartheid que va más allá de la retórica religiosa que le caracteriza. Que de hecho, instrumentaliza esa heroicidad de la que se apropia sistemáticamente el capitalismo —también en su presente neoliberal— como estrategia de ocultamiento de una serie de intereses económicos evidentes.
El hecho de que el territorio de Palestina sea fuente de recursos fósiles explotables, evidencia el carácter histórico del extractivismo no solo cultural, sino ecológico de las practicas coloniales. Una luz de gas que opera a nivel geopolítico; una que ha sido respaldada, en gran medida, por un silencio institucional generalizado. Todo esto configura el espectro de violencia que desde el pasado octubre se ha desplegado de manera descarnada ante nosotres.
Hemos atendido —ahora con los ojos ardiendo, inyectados, literal y metafóricamente, en sangre— a los horrores que llevamos observando desde lejos durante toda la vida. Una pasividad que está entrando en crisis. Llevamos también más de seis meses presenciando cómo la firmeza del pueblo palestino se articula en la practica activa de una serie de métodos de resistencia cultivados con los años —sumud muqawim—. Y a pesar de ello, parece que no entendemos del todo cómo seguir movilizándonos, ni qué podemos hacer con este privilegio que, desde aquí, ostentamos.
Desde que este genocidio estalló, he escuchado a muches amigues expresar un amplio arco de emociones. Entre ellas tristeza profunda, ira, desesperanza e incluso apatía. Sobre todo impotencia y, de manera continuada a lo largo del tiempo, frustración y sensación de falta de agencia. No dejamos de repetirnos, directa o indirectamente, que no tenemos capacidad de acción efectiva. Aún así nos organizamos, salimos a la calle y nos reeducamos —de diferentes maneras y en muchos casos, como podemos—. No obstante, la sensación de falta de poder continua extendiéndose, sumiendo nuestros intentos de movilización en esa nube densa de melancolía y falta de expectativas de futuro que nos caracteriza contemporáneamente. La enunciación continua de que el alcance de nuestros actos es limitado, reafirma nuestra distancia respecto a ciertas situaciones en las que nuestras acciones podrían llegar a generar una diferencia. No de manera aislada, desde luego. Pero digamos que el relato de la impotencia política requiere de su propio orden de enunciación para su mantenimiento; es la condición misma de su existencia. Se trata de uno de esos casos en los que el discurso acota lo que podría llegar a ser una vida digna. Como ocurre, por otro lado, en tantos otros relatos.
Hace ya tiempo que empecé a escribir este artículo. Más de medio año después, sigo habitando muchas de las preocupaciones que me invadían entonces. El pasado octubre, leí un texto de Harun Morrison que aún me viene a la cabeza de tanto en tanto. En este señalaba, justamente, la peligrosidad del uso del lenguaje a la hora de diseminar la historia de determinados colectivos, en este caso del pueblo palestino(1).
Nos encontramos en un momento muy frágil respecto a la institucionalización del discurso. Por un lado, algunos términos se han vaciado de sentido comodificándose, alejándose cada vez más de su raíz axiológica —es decir, de sus efectos o su capacidad de afectar—, pasando a formar parte de un vocabulario aséptico y económicamente rentable. Simultáneamente, el uso violento y generalizado de otros, especialmente a través de discursos oficiales, construye mundo: un mundo que refleja una perspectiva cada vez más inhabitable. O habitable únicamente para una pequeña minoría. Del mismo modo que las palabras que consumimos producen una experiencia de realidad determinada, el lenguaje que usamos con y entre nosotres genera un tipo de mirada particular, una que puede acompañarnos durante años o incluso durante toda una vida.
El blindaje de lo imaginable constituye el problema inherente de la palabra. Sin embargo, los lugares comunes que utilizamos a la hora de contarnos son, hasta cierto punto, maleables. Por mucho que se encuentren inscritos culturalmente en nosotres, la especificidad desde la que cada une accede a estos espacios aparentemente estables, permite cierta desviación respecto a cualquier narrativa principal. Sara Ahmed define este desfase, entre el ideal y su vivencia, como brecha afectiva(2). Entendiendo lo político como una configuración de brechas interconectadas entre sí, y desde mi tendencia personal hacia la micropolítica —que en este instante parece evidentemente insuficiente—, me pregunto en qué momento hemos aceptado colectivamente la idea de que no tenemos agencia sobre los entramados sociales que habitamos.
Mientras reviso este texto, recuerdo que el 30 de octubre el ayuntamiento de la ciudad en la que vivo decidió conmemorar a Israel con la Medalla de Honor de Madrid el próximo 15 de mayo —justamente, el día de la Nakba—. Este comunicado se hizo público tres semanas después del estallido del genocidio. Semejantes actos simbólicos de sadismo representan un tipo de política gore, en palabras de Sayak Valencia, que es imposible obviar (3). Este es nuestro día a día, nuestra realidad democrática.
Más allá de las palabras que utilicemos para nombrarlos, el orden económico en el que operamos y el pasado imperialista de un país como España se delatan. Lo que está ocurriendo en Gaza nos interpela históricamente, mientras continúa recorriendo nuestros nervios cada día que pasa. Personalmente, agradezco que me siga quitando el sueño por las noches. La sensación de fragmentación que conlleva reconocer tu posición —y tu responsabilidad— dentro de un estructura que no te representa, o que no representa las decisiones que tomas cotidianamente, puede ser paralizante. O peor aún, puede llevarte a seguir trabajando, consumiendo y produciendo igual que siempre pero desde un estar cada vez más disociado, cada vez más ausente. Para bien y para mal, el sistema lo construimos entre todes. Es por ello que durante este tiempo no he dejado de pensar en que quizás la pregunta sobre “qué hacer” no es exactamente la pregunta adecuada. O al menos, la única relevante. Circunstancias así requieren de una reflexión más profunda, de una revisión estructural de nuestro imaginario. No únicamente de todo lo que deberíamos reformular por completo, sino también de aquello a lo que todavía podemos aferrarnos.
Llevo meses pensando en qué materiales tengo para contribuir a este ejercicio de pensamiento colectivo. He encontrado dos preguntas transversales, que podrían funcionar como puntos de partida: ¿qué está fallando en el concepto de agencia que venimos utilizando? y ¿qué significa ser políticamente responsable en un escenario como este?
La definición tradicional de agencia política se centra en esa capacidad de acción del sujeto que es conquistada a través del ejercicio de su autonomía. En un sujeto capaz de responder por sí mismo a las condiciones de vida a las que hace frente; ese yo del conocimiento que observa las cosas desde lejos(4). Nos habla de un poder interno, inscrito en la subjetividad antes de que esta se contextualice y en este sentido, presupone un encuentro con un entorno material, económico y social del que sin embargo formamos parte. Ese que constituimos y nos constituye, simultáneamente. Esta definición se apega, todavía, a la idea de soberanía moderna: nos aleja simbólicamente de nuestra participación en el mundo y afirma que existe un tipo de subjetividad que es intrínsecamente política —esa que, además, encarna un universalismo cruel.
Hace años que este paradigma viene siendo cuestionado desde diferentes espacios y disciplinas del saber. No obstante, en situaciones como la que nos ocupa, este sujeto que ha protagonizado el sueño del progreso y facilita el mantenimiento de las lógicas coloniales en nuestro presente, es explícitamente visible. Me parece lógico que, a pesar de apelar a cierta emancipación —genérica, en cualquier caso—, esta definición de agente no nos sirva para desmantelar violencias estructuralmente vinculadas a esos mismos mecanismos de dominación que le caracterizan. No necesitamos conquistar una dimensión política individual; necesitamos un plan de liberación colectiva. Uno que responda ante lo contingente y lo variable de nuestra experiencia, intencional en lugar de objetivo(5). Capaz de actualizarse, de incorporar lo que otres tengan que decir sobre determinadas formas de violencia que no son pensadas, sino vividas. Quizás, la dolorosa sensación de falta de poder que muches experimentamos ante lo que sigue sucediendo en Gaza, sea un paso necesario para repensar la manera en que navegamos los sistemas geopolíticos en los que se inscriben nuestras prácticas.
Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en responsabilidad es la palabra afectiva. Algo que comúnmente puede definirse como hacerse cargo y que sin embargo, implica un amplio espectro de gestiones emocionales. Para ser responsable afectivamente es necesario empezar por ser capaz de reconocer la fragilidad que conlleva cualquier espacio relacional. Supone además, el acceso a ciertas herramientas que nos ayuden a deconstruir todos esos patrones vinculares que hemos heredado culturalmente —todas esas maneras asumidas de estar en el mundo—. Implica, casi siempre, entablar conversaciones que podrían resultar incómodas. Y no se trataría únicamente de ser cuidadoses con nuestros gestos y palabras, sino de estar estar dispuestes a atravesar un terreno complejo; de cultivar el deseo de recalcular nuestros significados y significantes.
Entendiendo que lo afectivo permea lo geopolítico, la responsabilidad tiene que ver con esa capacidad de respuesta en relación a cada escenario específico; con cómo la disposición a hacer las cosas de otra manera puede generar un efecto a mayor escala. Su trabajo activo en el plano comunicativo hace de ella una orientación política que se apropia potencialmente del lenguaje. Aquel que utilizamos para comprender lo que ocurre, dentro y fuera de nosotres. Pero antes incluso de que las palabras, estas palabras quizás, logren resignificarse, un ejercicio así esbozaría una inclinación hacia cierta dispersión o colectivización de la agencia. Responsabilizarte de tu entorno implica que tus acciones tienen una repercusión directa en lo que te rodea porque participas en el flujo afectivo de todo aquello con lo que compartes contexto, memorias y especulaciones. Esta agencia responsable, colectivamente redistribuida, visibilizaría que somos agentes esencialmente vulnerables(6): que vivimos bajo sistemas de opresión interdependientes, que nuestras luchas políticas son vinculantes y que tener agencia no quiere decir, simplemente, tener la capacidad de actuar por libre. Esto no supondría un rechazo total de la noción de autonomía sino empezar a ubicar, como apunta desde hace tiempo Marina Garcés, la búsqueda de nuestra libertad en el entrelazamiento(7).
Llevamos más de medio año experimentando una emergencia política. Para muchas personas, la vida está cambiando o ha cambiado para siempre. Nada volverá a ser como antes. Cada vez que no reiteramos nuestra posición respecto a lo que ocurre en Gaza, estamos blanqueando la experiencia brutal y colectiva de un genocidio. Cada vez que nos ahogamos en nuestra tristeza, soles, estamos bloqueando nuestra potencia afectiva. También estamos permitiendo que nuestros aparatos institucionales no se responsabilicen totalmente. En lugar de seguir proyectando la fantasía capitalista y colonial de una agencia autosuficiente, necesitamos estrategias de agenciamiento que nos ayuden a localizar los recursos que tenemos a nuestro alcance. Cada gesto sigue siendo relevante, cada nueva noticia requiere de una maniobra específica.
Poner palabras a lo que viene pasando es difícil: escribir —e incluso tener espacio para pensar— sobre agencia, responsabilidad y violencia implica, por supuesto, una posición extremadamente privilegiada. Pero si no puedes desprenderte de tu privilegio probablemente tengas que preguntarte hacia dónde dirigirlo; mientras este vehícule el sufrimiento de otres, nadie podrá ser libre. Creo que tiene más sentido socializar ciertas preguntas que responder al silencio con silencio. Ese esperar frío, ese analizar distante. La escritura es un espacio de poder pero puede ser a la vez un espacio de latencia y es, desde luego, una práctica dignificante, pues presupone que todavía hay algo que tiene que decirse. Quizás ese algo sea que seguimos estando tristes. Que quizás esta tristeza no se vaya del todo nunca. Pero somos muches. Y la pena es un estadio que lleva tiempo esperando a colectivizarse. Necesitamos re-apropiarnos de la responsabilidad como forma de poder. Justamente, para que el lenguaje pueda llegar a transformarse.
References:
(1)Timeline Palestine. Times between and beyond the timeline. Nero Editions. Harun Morrison, 2023.
(2)Melancholic Universalism. feministkilljoys.com. Sara Ahmed, 2015.
(3) Capitalismo Gore. Editorial Melusina. Sayak Valencia, 2010.
(4) Crítica visual del saber solitario. Consonni. Aurora Fernández Polanco, 2019.
(5) Fate work: A conversation. Ephemera Journal. Vol. 13 (1). Stefano Harney y Valentina Desideri, 2013.
(6) A vulnerable generation? Youth agency facing work precariousness. Papeles delCEIC. Vol. 2019 (1). 2019. Paola Rebughini, 2013.
(7)¿Qué podemos hacer? O sobre las intimidades de la crítica. Marina Garcés. En A veces me pregunto por qué sigo bailando. Continta me tienes. Óscar Córnago, 2011.
Reworlding: Ramallah. Short Science Fiction Stories from Palestine. Onomatopee. Callum Copley (ed.), 2019.
Nakba, Sumud, Intifada: A Personal Lexicon of Palestinian Loss and Resistance. TheFunambulist. Rana Issa, 2023.
The Transformation of Silence into Language and Action. En Your Silence Will Not Protect You: Essays and Poems. Silver Press. Audre Lorde, 2017.
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