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- Sebastián Gray
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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Última página
El portal entero se iluminó, y después, silencio. Miradas vacías y silencio. Había funcionado, habían sobrevivido. Pero, solo ellos. Nueve Arcas con millones de almas no corrompidas salieron del puerto; solo una pequeña nave con apenas veinte individuos logró cruzar antes de que... Todo lo que habían dejado atrás. No había nada a lo cual regresar. No había forma de regresar. La estructura del portal seguía ahí, un sobreviviente más, pero no era posible ya volverla a encender.
Yann vio que sus alas habían desaparecido. No lograron cruzar a tiempo. No dolía. No tenía energía para sentir dolor. Y en sus brazos, el niño que logró salvarla, salvarlos, a unos cuantos. Sus cabellos negros se habían vuelto completamente blancos. Su cara estaba llena de sangre. ¿Estaba muerto? Se sentía tan ligero como una pluma. No quedaba ya nada dentro de él, no después de dar todo de sí para poder contener la amenaza en un lugar que ya no existe.
Les fallé, pensó ella. Estuvo a punto de desmayarse ahí mismo, en medio del vacío, cuando de pronto vio una luz. Era la pequeña tripulación de sobrevivientes. Algunos rostros familiares, otros no tanto. ¿Cuántos inmortales murieron? Tan pronto pisó la rampa cayó al suelo, pero procuró hacerlo despacio para así no dañar más el cuerpo, o cadáver, del pobre niño Real. Y después solo cerró los ojos, esperando poder volverlos a abrir. Tal vez nunca llegaría a ver el Segundo Verso.
- Gavriel Gray (Octubre 31, 2016)
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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O en la oscuridad de la sala
Por supuesto, cerrar la puerta no funcionó. Ya estaba adentro. Ya estaba aquí.
Su presencia inundó mi alcoba de golpe y apenas tuve tiempo de reaccionar. Su frialdad. Su opresión. Casi me alcanza, casi logra acariciar mi desnudo tobillo. Casi, pero no lo logró.
Ni siquiera volteé, solo seguí mi camino hacia las escaleras, golpeándome contra un par de muebles antes de llegar al barandal. Bajé rápidamente, tres o cuatro escalones a la vez. Pero, al llegar al pasillo, ella ya estaba ahí. Ella estaba en todos lados, en cada rincón, avanzando por el suelo a pequeños pasos. No parecía tener prisa, disfrutaba verme así.
Estuve a punto de sentarme ahí y rendirme, hasta que recordé la biblioteca. Había dejado unas velas encendidas ahí. Aún podía escapar. Atravesé el apenas iluminado corredor hacia el fondo de la casa, hacia el único lugar que ella aún no había reclamado. Pero, al llegar al marco de la puerta, pude ver que ella ya estaba ahí. Ella ya estaba ahí. Entró. ¿Cómo? Las velas. Las velas debían seguir ahí, pero todo indicaba que su fuego había perecido ya. Probablemente fue la ráfaga de viento que ocasioné unos momentos antes, al salir corriendo a comprobar el apagón.
Solo quedaban un par de opciones. Podía abrir de nuevo la puerta y entrar a la biblioteca. Sus grandes ventanales que miran al occidente podrían proveerme de luz unos cuantos minutos más. Dependiendo de su humor, podría decidir esperar antes de acabar conmigo. O bien, podría simplemente aceptar que ya no había nada que hacer.
Solo quedaba estar entre mis libros mientras ella me ve, esperando, o bien, entregarme a lo inevitable. Solo queda sucumbir ahí, o en la oscuridad de la sala.
- Sebastián Gray (2016)
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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Helena
Era ya algo definitivo, en un par de días tendrían que dejar la capital. Sus padres la odiaban, o eso pensaba ella. ¿Escaparse de la casa? ¿Irse a esconder con su amiga hasta que perdieran el vuelo y así tener que quedarse al menos un poco más? No quiero, es lo único que pensaba ella. No quiero, no quiero. Ya hace varias horas que sus padres habían dejado de prestarle atención a sus rabietas. Ya no podría jugar en su columpio favorito. Ya no saludaría al panadero cada mañana camino al colegio. Ya no irían a su escondite en la montaña cada fin de mes. Ya no podría verlo a él, todo porque unos hombres groseros habían decidido despedir a su padre. ¿Por qué correrían a un hombre tan bueno como él? Les había pasado ya a los padres de un par de sus amigos, pero Helena no creía que lo mismo le ocurriría a ella. Tenía apenas once años, no estaba lista para dejar atrás todo lo que conocía y comenzar de nuevo en otra ciudad extraña donde no conocía a nadie. Algo tenía que hacer para evitar dejar lo único a lo que estaba acostumbrada.
- Sebastián Gray (Septiembre 12, 2016)
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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En mi alma
En mi alma. ¿En mi alma? Dijo que quiere ver lo que hay en mi alma. Pero... qué pena. No, no. No he limpiado ese lugar en mucho tiempo; está todo desordenado. Desordenado y... oscuro. Creo que nadie ha encendido la luz en años. Han intentado, pero no han podido. Bueno, hubo un par de ocasiones en que casi lo logran. Aquellos tiempos. Pero, ¿de qué otra manera iba a terminar si no en desastre?
El primero conectó el enchufe, pero después de eso no supo qué hacer. Terminó por irse. ¿El segundo? Ah, cierto. El segundo estuvo aún más cerca de lograrlo. Pero, alguien más le ha pedido ayuda, y pues... también partió. Qué cosas, de veras. Luego llegó un tercero, y un cuarto. Realmente creí que iban a lograrlo, sin embargo, el tiempo no lo permitió. Ni uno ni el otro. Pobrecillos; de lo que sus ojos se han perdido.
Desordenado y oscuro y mojado. El agua salada no halla por dónde salir. Se ha acumulado con cada palabra no pronunciada y con cada paso involuntario. Ya me llega hasta las rodillas. Por aquí no se puede andar. Luego, no sabes ni en dónde pisas. Hay pedacitos de vidrio de cuando han roto la ventana para entrar por la fuerza. Es toda una escena, realmente.
¿Y así quiere entrar? ¿Esto es lo que quiere ver? Creo que es mucho trabajo para una sola persona. Para dos. Pero... ¿y si lo logra? ¿Qué si logra poner todo en donde hace tiempo que no hay nada? ¿Qué si logra apagar esta oscuridad? ¿Qué si, poco a poco, va secando el suelo y las paredes? ¿Qué si trae un poco de calor? Con solo pensarlo ha dejado de hacer tanto frío aquí. Pero... no, no. No de nuevo. ¿O sí? Debería dejar a alguien más entrar. Qué pena que vean todo esto así. Pero... ¿y si...? Dejar a alguien entrar... en mi alma.
- Sebastián Gray (2016)
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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Alexis
Todos los días, en el camino de regreso a mi casa, paso por un lugar donde no hace mucho ha ocurrido un asesinato y siento la indiferencia de nuestra sociedad y la banalidad de nuestros problemas, pues el mundo sigue girando a pesar de que unos padres han perdido a su pequeña y de que un muchacho que tenía toda un vida por delante está ahora prófugo o tras las rejas.
Y es que son este tipo de cosas las que me ponen a pensar. Me tumbo en el suelo de mi armario y mi mente divaga bajo un par de luces que lo pintan todo de amarillo.
¿Quién habrá sido el dueño de esa casita de madera?, aquella que vi en una pintura hace ya muchos años en mi libro de historia. Era el retrato de un pueblo insignificante, sospecho que con no más de doscientos habitantes. Aquellos siglos en los que el mundo era más pequeño, pero igual de esotérico. ¿Ese hombre se habrá casado con la mujer de sus sueños, o simplemente se conformó con otra? ¿Tuvo hijos, o tan solo un par de ineptos que gastaban todo su dinero en licor y mujerzuelas? ¿Y ese que ha pintado el cuadro que ha capturado mis pensamientos y me ha impedido aprender sobre la colonización de nuestra tierra, qué fue de él?
¿Por qué solo recordamos actos y no personas? Si bien nos han hablado de Luis tratando de huir durante la revolución, parece que nadie se ha puesto a pensar en las cosas por las que estaba pasando el pobre hombre. Dejar atrás todo a lo que estaba tan acostumbrado. Confiar ciegamente en los planes de Hans, quien por cierto tal vez se acostaba con su reina cuando él volteaba hacia otro lado. ¿Acaso nadie se pregunta si este monarca se quedaba mirando a las estrellas mientras la libertad, la igualdad y la fraternidad se cansaban de él? ¿No habrá extrañado alguna de las setecientas habitaciones de Versalles? Porque aunque fuera una de las personas más poderosas de su tiempo, seguía siendo un ser de miedo y de amor, de vergüenza y de calor.
Que si no hemos descubierto por qué caen las manzanas, si no nos hemos rehusado a ceder nuestro asiento en el autobús, si no tenemos el poder de destruir naciones enteras con presionar un botón, ¿realmente importa lo que nos pase? Pues llegada la noche se encienden todas las luces de la colonia, excepto una. La herida en el cuello de Alexis se ha extendido a todas las habitaciones de su hogar, pero de ahí no pasa. Al otro lado de la calle, los niños siguen riendo y hacen rechinar los columpios y un par de balancines. Unas señoras ya grandes dan tres vueltas al parque y luego se ponen a hablar de sus nietos, quienes acaban de entrar al colegio. Y yo, en el asiento trasero del coche, estoy por llegar a hacer mi tarea, o tal vez la haga mañana.
Pero aunque mis acciones parezcan no trascender en estos momentos, debo seguir. Debo seguir porque, algún día, voy a ganarme más que una oración en los libros. O más bien, voy a conseguir que no más de una oración hable sobre otra persona. Pues yo no quiero terminar como el dueño de la casita, como el pintor, como Luis, como Hans, como la reina, como Alexis, como los niños, como las señoras o como los nietos. Porque si todo va a acabar en un abrir y cerrar de ojos, solo le permitiré al mundo parpadear una vez.
- Sebastián Gray ( Agosto 27, 2016)
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relatosrotos-sg · 7 years ago
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Nunca me preguntes tu nombre
De nuevo despierto en un cuarto que no es mío. Bueno, sí es mío. Pero no lo era ayer. Y el de ayer no lo era antier. Aún no me habitúo. En fin, sigo con mi intacta rutina de cada mañana. Agua en mi cara, un cepillo en mis dientes y una mano para adecuar mis cabellos. Escojo lo que más capta mi atención de este armario y procedo a bajar a la cocina.
Mis padres no se encuentran desayunando ahí. Otra vez, un par negligente. Consulto mi celular y veo que el colegio está a tan solo diez minutos de aquí. Hay tiempo de caminar hasta allá.
Esta vez tampoco hay un gato del cual despedirme, así que me dirijo directo hacia la puerta del jardín y salgo. La vecina riega sus plantas con la mirada perdida. Me saluda fervientemente, pero yo me limito a levantar mi mano y darle los buenos días. Prosigo.
He caminado antes por esta calle. Creo que fue a principios del invierno. ¡Mushi! Ese era, ¿es?, el nombre del gato de la vecina. Recuerdo que pasé toda la tarde de un sábado con él cuando estuve en su casa. Pero no la recuerdo a ella. Qué peculiar. Tal vez tuvo la suerte de estar de viaje aquel día. Lástima que esta vez sí nos encontramos, señora…
Sebastián. Así dijo ella que me llamaba al saludarme. Mi tercer nombre favorito hasta ahora.
Me percato de que es la sexta vez que cruzo la calle sin voltear a ambos lados. Todo está muy sosegado. Qué tranquilla colonia, qué silenciosos hogares, qué taciturna ciudad. ¿Realmente fue hace solo dos meses que estuve con Mushi? Escucho transitar a un par de autos a lo lejos. Y, finalmente, un bus vacío yendo a toda velocidad detiene mi andar por unos instantes. Este lugar comienza a parecerme un tanto fúnebre, aunque no lo suficiente para que se vuelva un inconveniente.
He llegado al colegio. Mis deshabitados pensamientos son irrumpidos por una voz aguda y un tanto familiar. ¡Sebastián! ¡Sebastián! Mi madre y mi hermano aún no aparecen, - exclama ella entre sollozos. Y nadie contesta en la estación de policía. ¡Llamé a la policía pero nadie me contesta! Continúa su llanto. Y a mi padre parece no importarle lo que está pasando. Así funciona este mundo ahora, tú...
La encierro entre mis brazos y beso su cabello castaño. Un gesto instintivo. Imagino que es mi novia. ¿Una amiga cercana, tal vez? Ella alza su mirada y parece esperar un beso de consolación. Mi novia. Presiono momentáneamente sus labios contra los míos, seco sus lágrimas con mi chaqueta y nos dirigimos a clase.
El cielo se ilumina mientras todo lo demás se tiñe del mismo matiz. El viento anda rápidamente de ventana en ventana. Creo que hoy no le daré mi atención a la maestra Diana. Intento perderme en mis pensamientos, o en la falta de ellos, pero una sensación descortés pasea por mi cuerpo. Es su mirada, la de esta chica. Mi novia. No ha dejado de observarme desde que entramos al aula.
Y así continúa el resto del día. Cada clase, cada hora libre. Veamos si te dejas salvar.
Tan pronto suena la última campana, cojo mi mochila y me dirijo a la puerta. Pero su brazo me detiene. ¿Sebastián, podemos hablar? No creo que sea una buena idea. ¿Sebastián? ¡Maldición! Olvidé reabastecerme de pastillas para el sueño. Torpe. ¡Sebastián!
¡Ahora no!, - respondo escuetamente y huyo del lugar. Pero no se da por vencida. Viene tras de mí. ¡Sebastián!, - grita cada vez más ensordecente. ¡Sebastián!, - clama cada vez más sollozante. ¡Sebastián! ¿Eres tú?
¿Eres tú? Sebastián.
El viento cesa, las nubes desaceleran su paso y todo termina de perder su color. ¿En verdad eres tú?
Todos nos ven. Todos nos miran. ¿Sebastián?
Una sola lágrima desciende por mi mejilla derecha. Dos más bajan por su izquierda. ¿Sabes quién soy yo? ¿No me reconoces?
Tus últimas palabras.
¿Cuál es mi nombre?
Acelero mi andar por la plaza central hasta llegar al estacionamiento. Me detengo un instante, solo para escuchar su último silencio. ¿Cuántos tal de imprudentes? ¿Cuántos inoportunos más como tú seguiré teniendo la desdicha de encontrarme?
Salgo cabizbajo por la entrada principal, evitando cualquier contacto visual con los entes que han comenzado a aglomerarse a mi alrededor. No creo tener más de cinco minutos para atravesar las dos cuadras hasta la farmacia.
Un cáustico zumbido turba la ciudad y el interior de mis oídos. Docenas de nombres con prisa atraviesan mi mente de izquierda a derecha. Docenas de rostros llegan solo para despedirse. La multitud se forma más rápido de lo usual. Cientos son uno solo. Mi vista se nubla. Dejo de escuchar. No llegaré a tiempo.
Decido subirme al auto sobre el cual descansaba mis uñas hace un instante. Pero no puedo andar. Mis ojos no sirven, mis extremidades apenas responden. Me comienzo a hiperventilar.
El sonido regresa a mí momentáneamente. Palmas golpeando los vidrios, meciendo el metal. El omnisciente zumbido. Los gritos de Sebastián.
Decido abrir los ojos. Todos cesan.
Desdichados.
Una nueva multitud, más ansiosa que la que yace inmóvil frente a mí, comienza a formarse a un par de cuadras.
Mis puños exasperados golpean el volante y una suavidad súbita y blanca es lo último que recuerdo.
Mi almohada.
De nuevo, despierto en un cuarto que no es mío. Bueno, sí es mío. Pero no lo era ayer. Y el de ayer no lo era antier. Aún no me habitúo. En fin, sigo con mi intacta rutina de cada mañana. Agua en mi cara, un cepillo en mis dientes y una mano para adecuar mis cabellos. Escojo lo que más capta mi atención de entre la pila de ropa que yace sobre la silla y camino hacia la cocina.
Mi madre prepara pan francés, como hace cada sábado. Tendré que lavarme los dientes de nuevo.
Buenos días, Daniel.
Qué fausta mujer.
Buenos días, mamá. Buenos días, bola de pelos.
Daniel. Mi segundo nombre favorito hasta ahora. Solo precedido por Gabriel. Espero aún quede algún Gabriel en la ciudad. Tal vez mañana.
- Sebastián Gray (Febrero 22, 2018)
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